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TUCUMÁN: EL CLAN DE LOS ALE de Mabel Maidana Imprimir E-Mail
lunes, 17 de diciembre de 2012
From: Marcela Venturino
Subject: TUCUMÁN: EL CLAN DE LOS ALE de Mabel Maidana

ªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªªª

le compartió la foto de Mariel Petrina.
TUCUMÁN: EL CLAN DE LOS ALE  de Mabel Maidana    La Chancha Ale     Nota publicada el 18 de julio de 2012     En las últimas décadas, hubo guerra entre mafias. Una familia a la que se vincula con crímenes, la explotación del juego, la prostitución y la droga, con llegada a políticos, jueces y policías, aparece apuntada en la desaparición de Marita Verón.     Por Miguel Durán    Si a alguien se le ocurriera escribir el guión de una película de la mafia en la Argentina, debería elegir a la ciudad de San Miguel de Tucumán. En las tres últimas décadas, la historia de la capital tucumana fue signada por el accionar de distintos grupos que han impuesto su autoridad con base en la violencia y su vinculación con la prostitución, el juego y el narcotráfico.     Entre tres organizaciones bien diferenciadas, la que logró acabar con el poderío de sus rivales fue, sin dudas, el clan de los Ale. Para poder ejercer el liderazgo, la familia, en especial los hermanos Rubén Eduardo “la Chancha” Ale y Ángel “el Mono” Ale –el primero, expresión de la fuerza bruta; el otro, de la inteligencia–, se las ingenió para contar con la protección y complicidad del poder político, funcionarios judiciales y de la Policía.     Hoy, aunque son dueños de casas de juego, campos y empresas de transporte, la suerte ya no los acompaña. Su ocaso comenzó a partir de la lucha personal de una mujer, Susana Trimarco, a la que no le importó poner en riesgo su vida y que desde hace una década los vinculó con la desaparición de su hija, Marita Verón.     Entre las 13 personas que son juzgadas desde hace unos meses por el secuestro de Marita, cuyo paradero hasta ahora se ignora, figuran dos mujeres que tienen hijos de Rubén Ale: María Jesús Rivero y Daniela Milhein. La primera fue pareja “oficial” y compartió la conducción (presidencia y vice) del club San Martín de Tucumán con “la Chancha” y la administración de la agencia de remises “Cinco Estrellas”, que se inició con 400 autos cero kilómetro.     Uno de los testimonios más fuertes que se escuchó en lo que va del juicio fue el de Daniela Milhein, no sólo por ser madre de un descendiente de los Ale, sino porque reveló que “la Chancha” la obligó a prostituirse cuando tenía 15 años.     Si uno recorre todo lo publicado por el diario La Gaceta de Tucumán (además de Clarín y revistas de tirada nacional) en los últimos 30 años, puede reconstruir la historia de los Ale, quienes se iniciaron como “pandilleros” del mercado de abasto, donde su padre Said Ale tenía un importante puesto de frutas y verduras.     Reinstaurada la democracia, los Ale se convirtieron en custodios y amigos del intendente radical Rubén Chebaia, quien ya fuera del circuito político y en su condición de abogado tuvo vinculaciones con estos personajes cuya fama trascendió las fronteras tucumanas para proyectarse en todo el país.     Sucedió cuando faltaban horas para que terminase el año 1986. Aquel 31 de diciembre se produjo la masacre de “Los Gardelitos”, una banda de carteristas y mecheras con ramificaciones en distintas provincias, enfrentados a los Ale por cuestiones “de polleras”, rivalidad que desencadenó un odio a muerte entre ambos bandos.     Una tercera organización al margen de la ley que operaba en aquellos tiempos dignos de un policial negro, era el grupo parapolicial “Atila azote de Dios”, creado con la consigna de “acabar con la corrupción y el delito”, aunque sus integrantes terminaron enriqueciéndose a costa de lo que supuestamente iban a combatir.     Los cabecillas de “Los Gardelitos” fueron acribillados cuando en calle Roca al 200, María Ester Nieva les hizo señas (¿los saludaba o los atraía a una trampa?) desde un auto Renault 18. La mujer estaba acompañada de su pequeña hija, de Ángel “el Mono” Ale y de su novia. Los hombres que se desplazaban en un Ford Sierra negro entendieron que María Ester los llamaba. Cuando se acercaron y detuvieron la marcha, “el Mono” bajó empuñando dos revólveres calibre 38 y comenzó a dispararles. En instantes aparecieron en escena “la Chancha” y Jorge Horacio “la Bruja” Vásquez, que apoyaron y participaron de la matanza.     Santos Pastor Aguirre Y Enrique Ramón Galván, líderes de “Los Gardelitos”, murieron acribillados, mientras que Carlos Beduino fue alcanzado por tres balazos y pudo vivir para contarlo. Dos menores que los acompañaban resultaron ilesos y apuntaron a los Ale, en especial al “Mono”, como los asesinos. Tanto los hermanos Ale como “la Bruja” Vásquez desaparecieron sin dejar rastros.     Una vez recuperado, Beduino inició querella criminal contra los Ale. En su presentación, el sobreviviente de la masacre dijo que los hermanos prófugos “encabezan una ‘barra brava’, son los prepotentes, los malos de una película del Oeste”. Describiendo los hechos, señaló que “el Mono”, sin motivos, “en forma fría y solapada, con armas de uso prohibido para la población civil, empieza a disparar contra el vehículo y sus acompañantes, buscando una matanza a la mejor forma de un gángster de la banda de Al Capone”.     Se decía que los Ale y su lugarteniente estaban en otra provincia, que eran protegidos en Bolivia, que seguían en Tucumán; lo cierto es que el domingo 9 de marzo de 1987, Canal 10 y La Gaceta fueron invitados a presenciar “la entrega” de los prófugos el lunes al mediodía, lo que realmente ocurrió.     Antes de ese cruento episodio, “el Mono” Ale estuvo involucrado en un homicidio y recuperó al libertad en 1984, cuando se puso al servicio del intendente Chebaia. Aunque él fue el autor material del crimen, fue “la Chancha” quien se hizo cargo y purgó cuatro años en prisión.     Por los asesinatos de “Los Gardelitos”, tanto “la Chancha” como “la Bruja” zafaron por falta de pruebas, quedando “el Mono” como el autor material del doble homicidio.     La influencia y el poder del clan quedó de manifiesto cuando el 10 de octubre de 1988, después de un año y medio en la cárcel, “el Mono” Ale recuperó la libertad porque la Cámara del Crimen, por mayoría (uno de los integrantes se opuso), consideró que la masacre a sangre fría fue “un exceso en la legítima defensa”. El homicida, de casi dos metros de altura y de impecable traje gris, fue ovacionado por los ocupantes de tres colectivos que lo aguardaban en la puerta del penal.     La carrera de los Ale parecía no tener fin. En las fiestas de Carnaval, caen al protagonizar una sangrienta riña en un baile. Fue en febrero de 1989. Así como entraron por una puerta, salieron por otra. La Justicia recién se expidió en octubre. Los sancionaron con 15 días de arresto.     El 14 de septiembre de ese mismo año fueron apresados por policías federales frente al penal de Villa Urquiza después de intentar huir en un Ford Falcon. En el auto, llevaban dos revólveres calibre 38, una carabina y una ametralladora. El juez federal Ricardo Sanjuán había ordenado su captura por presionar a personas para que no testificaran en contra de su abogado Pascual Tarulli, preso al ser sorprendido en un bar con una importante cantidad de cocaína.     Policía asesinado  El sábado 30 de enero de 1993, en la zona de la plazoleta Mitre, el oficial auxiliar Juan Andrés Salinas, que era acompañado por su amigo Ángel “el Mono” Ale, fue atacado por un grupo comando que utilizó fusiles Fal, ametralladoras y armas cortas con balas dum dum. Mientras el policía Salinas recibió 40 balazos, su acompañante sólo fue alcanzado por dos proyectiles que lo hirieron superficialmente en la cabeza.     Un abogado presentó un recursos de habeas corpus para que no quedara detenido, pero ante una versión que llegó a oídos del juez, se allanó la habitación del hospital y al paciente se le secuestró un arma de fuego. En las inmediaciones, se observó a varios amigos y miembros de la banda de los Ale, todos armados.     Al allanarse la casa del “Mono”, se encontró documentación de varios automotores y una “Credencial de la Amistad” firmada por el comisario mayor José Quirós, jefe de la división Sumarios e Informaciones Administrativas. En esa credencial, se declaraba al mayor de los hermanos Ale “amigo dilecto de la institución” y en el dorso de la misma podía leerse: “Se recomienda al personal policial prestar máxima colaboración dentro de las reglas legales”.     Después de la masacre de “Los Gardelitos”, “el Mono” se alió a un grupo de policías enfrentados con los parapoliciales de “Atila”. Mientras un grupo de uniformados vinculados a esta banda fueron acusados del homicidio del oficial Salinas, “la Chancha”, “el Mono”, el padre de éstos, Said Ale, y otros cuatro policías fueron imputados por tenencia de armas de guerra y asociación ilícita. Como era de esperar, y a pesar del impacto en la opinión pública, todos fueron absueltos “por falta de pruebas”.     El 8 de julio de 1997, el ya fallecido general genocida Antonio Domingo Bussi, gobernador (1995-1999) votado por el pueblo tucumano, anunció en conferencia de prensa que acabaría con “la Chancha” y “el Mono” Ale, a los que calificó de “engendro de mafiosos”. Ni siquiera ese militar de la dictadura pudo doblegarlos. “Nosotros somos machos, no como él (en referencia a Bussi)”, se ufanaron los temibles hermanos.     El 10 de julio de 1999, cinco jóvenes, algunos de la diezmada banda “Los Gardelitos”, fueron acribillados a balazos por un grupo que, según ellos, comandaba “la Chancha” Ale. Los cinco baleados pudieron sobrevivir, pero nadie intervino para aclarar el atentado.     La máxima expresión de impunidad de los Ale, quienes custodiaron desde el aeropuerto al presidente Carlos Menem cada vez que visitó Tucumán, fue durante la gobernación del justicialista Julio Miranda. Habían montado la remisería “Cinco Estrellas” con 400 autos cero kilómetro no autorizados, todos equipados con equipos de comunicaciones y armas. A través de un convenio con el gobierno, esos remiseros se convirtieron en una “fuerza policial” paralela, con licencia para ubicar y hacer detener a cualquier sospechoso a través de los equipos conectados con la frecuencia policial.     De jefes de la barra brava de San Martín de Tucumán, los Ale se hicieron cargo del club. En la presidencia de “la Chancha”, el equipo logró ascender en las tres categorías del fútbol argentino. Su figura enorme y corpulenta se destacaba en la tribuna baja de Instituto cada vez que los tucumanos visitaban al equipo de Alta Córdoba.     La suerte les resultó esquiva a los Ale cuando en octubre del año pasado el fiscal Guillermo Herrera dictó la prisión preventiva de Rubén “la Chancha” y de Felipe Daniel Jordat, ex directivo de Atlético Tucumán, por liderar una banda armada que después de amenazar de muerte a los trabajadores, usurpó un campo y se apoderó de una cosecha de soja que fue vendida en el “mercado negro”. Sin embargo, “la Chancha” duró poco preso porque por razones de salud logró que le concedieran el beneficio de la prisión domiciliaria.  S  u hermano, “el Mono”, también es investigado en relación con ese hecho y su propiedad fue oportunamente allanada. “Soy un empresario del azúcar y del transporte”, aseguró después del procedimiento policial.     Cergio (sic) Morfil, defensor de la ex mujer de “la Chancha” en el juicio por la desaparición de Marita Verón, es también el abogado del “Mono” Ale. Un enviado a Tucumán se contactó con Morfil para conseguir una entrevista con el mayor de los Ale. “Mire, en estos momentos él está descansando en su casa de campo y no hay comunicación. Yo en tres o cuatro horas lo voy a ver y le hablo para que conversen; no creo que haya problemas”. Hasta hoy estamos esperando ese llamado.     Susana Trimarco, sin pelos en la lengua (subnota)   La madre de Marita Verón dijo que los Ale son una mafia organizada y tienen como testaferros a políticos y jueces.     Susana Trimarco, la madre de la desaparecida Marita Verón, es la enemiga declarada del clan de los Ale. En declaraciones a este diario, sostuvo: “Los Ale en Tucumán son una mafia organizada. Ellos siempre aparecen para decir yo no fui, pero son los que manejan todo. Tienen testaferros que son políticos, jueces. Están involucrados, se lo voy a decir con nombre propio, el ex gobernador Jorge Miranda; “el Cabezón” (Antonio) Guerrero, que era ministro de Gobierno y Justicia, y Carlos Cisneros, que manejaba la Caja Popular de Ahorro. Cuando sale Guerrero, entra Fernando Juri Riera, compadre de “la Chancha” Ale. Es una persona manejada por ellos (los Ale), fue vicegobernador en el primer mandato de José Alperovich y en estos momentos es legislador. Los Ale no quieren dejar de tener gente dentro del poder”.     La madre de Marita Verón permaneció en Córdoba entre el miércoles y el viernes últimos, para verificar el funcionamiento del refugio para víctimas de la trata. También se reunió con el gobernador José Manuel de la Sota para ajustar detalles de una filial de la fundación que dirige en Tucumán. De la Sota se interesó en el proyecto desde la primera vez que se reunió con Trimarco y de ese encuentro surgió el compromiso de la ley que se dictó para cerrar todas las whisquerías y prostíbulos de la provincia.     Otro de los motivos de la presencia de Trimarco en esta ciudad fue participar como invitada de la Embajada de Estados Unidos en el acto por un nuevo aniversario de la independencia de ese país.     La mujer fue propuesta como candidata al Nobel de la Paz por la Federación Argentina de Colegios de Abogados (Faca) y en los próximos días viajará a Holanda, invitada por la princesa y futura reina, la argentina Máxima Zorreguieta, quien prometió colaborar con su fundación.     Sobre el juicio que se está ventilando en Tucumán contra los acusados de secuestrar a Marita para prostituirla, Susana Trimarco está confiada en que se hará justicia y aguarda que alguien “se quiebre” para saber dónde está su hija. “En este juicio, todas las pruebas apuntan a que ‘la Chancha’ tiene que ser imputado y debe ir a declarar”.     Sobre Rubén “la Chancha” Ale, precisó: “Además de la droga y la prostitución, es dueño de la Línea 5 de colectivos. Ellos (los Ale) han empezado a blanquear. Aparecen con campos que eran de gente pobre a la que presionaron para comprarles por 15 mil ó 20 mil pesos sus propiedades y otros que han usurpado. Además, mantienen 10 locales de tragamonedas”.     “Los Ale han sido y son delincuentes que tienen mucha gente y en realidad a los delitos no los cometen ellos. A mí, personalmente, me mandaron a matar con remises de su empresa Cinco Estrellas”, contó la mujer.     Hubo varias intentonas para eliminar a Susana Trimarco y la Justicia está interiorizada de lo sucedido; de allí que tenga permanente custodia policial. Asegura que un mismo remisero, en dos oportunidades, intentó arrollarla con un Renault 19 color rojo con llantas deportivas y vidrios polarizados. La víctima de los atentados pudo identificar al conductor y denunciarlo. Tras mencionar su nombre, dijo: “Es oriundo de Río Gallegos, trabajaba con ‘la Chancha’ y tenía pedido de captura por homicidio”, denunció Trimarco.     Paralelo a los intentos de matarla en un fingido accidente de tránsito, desconocidos empezaron a seguir a su nieta Micaela, hija de la desaparecida Marita Verón.     La vecina que diariamente llevaba la niña a la escuela habló con Susana y le dijo que no podía acompañarla más al colegio porque las seguían en vehículos negros con vidrios polarizados. La abuela decidió ir con Micaela en el transporte escolar, de ida y de vuelta a la escuela.     Un día, muy temprano, advirtió que frente a su casa había una camioneta negra con vidrios polarizados y le pidió al policía de custodio que identificara al conductor, pero al darse cuenta, el desconocido arrancó y desapareció. Cuando acompañaba a Micaela, vio que la camioneta negra estacionaba en la casa de “la Chancha” Ale y no titubeó en pedirle a la mujer que conducía el transporte escolar que frenara. Pese a los ruegos de la conductora, Susana bajó y encaró hacia “la Chancha”, que estaba sentado en la vereda.     “El que se bajó de la camioneta era su sobrino Dante Ale, distribuidor de droga que mató a un dirigente de Vialidad a balazos. Estaba indignada y dije: ‘No te tengo miedo gordo, cerdo, delincuente, devolvéme a mi hija’; le empecé a gritar por qué había enviado a dos tipos a seguir a mi nieta Micaela. ‘Decime gordo hijo de remil… que querés hacer con mi nieta, delincuente, sinvergüenza. Te creés que sos Dios para quitarle la vida a las personas”, recordó con vehemencia Trimarco.     “El gordo se quedó mudo mirando. ‘Contestáme si me podés mirar a los ojos, gordo, basura, delincuente, a vos te digo’. Nada, no se movió. Desde entonces nunca más me molestaron”, concluyó Susana.  Fuente: http://cronicasdelacalle.wordpress.com/2012/07/18/el-clan-de-los-ale/
TUCUMÁN: EL CLAN DE LOS ALE
de Mabel Maidana

 
La Chancha Ale

Nota publicada el 18 de julio de 2012

En las últimas décadas, hubo guerra entre mafias. Una familia a la que se vincula con crímenes, la explotación del juego, la prostitución y la droga, con llegada a políticos, jueces y policías, aparece apuntada en la desaparición de Marita Verón.

Por Miguel Durán

Si a alguien se le ocurriera escribir el guión de una película de la mafia en la Argentina, debería elegir a la ciudad de San Miguel de Tucumán. En las tres últimas décadas, la historia de la capital tucumana fue signada por el accionar de distintos grupos que han impuesto su autoridad con base en la violencia y su vinculación con la prostitución, el juego y el narcotráfico.

Entre tres organizaciones bien diferenciadas, la que logró acabar con el poderío de sus rivales fue, sin dudas, el clan de los Ale. Para poder ejercer el liderazgo, la familia, en especial los hermanos Rubén Eduardo “la Chancha” Ale y Ángel “el Mono” Ale –el primero, expresión de la fuerza bruta; el otro, de la inteligencia–, se las ingenió para contar con la protección y complicidad del poder político, funcionarios judiciales y de la Policía.

Hoy, aunque son dueños de casas de juego, campos y empresas de transporte, la suerte ya no los acompaña. Su ocaso comenzó a partir de la lucha personal de una mujer, Susana Trimarco, a la que no le importó poner en riesgo su vida y que desde hace una década los vinculó con la desaparición de su hija, Marita Verón.

 Entre las 13 personas que son juzgadas desde hace unos meses por el secuestro de Marita, cuyo paradero hasta ahora se ignora, figuran dos mujeres que tienen hijos de Rubén Ale: María Jesús Rivero y Daniela Milhein. La primera fue pareja “oficial” y compartió la conducción (presidencia y vice) del club San Martín de Tucumán con “la Chancha” y la administración de la agencia de remises “Cinco Estrellas”, que se inició con 400 autos cero kilómetro.

Uno de los testimonios más fuertes que se escuchó en lo que va del juicio fue el de Daniela Milhein, no sólo por ser madre de un descendiente de los Ale, sino porque reveló que “la Chancha” la obligó a prostituirse cuando tenía 15 años.

Si uno recorre todo lo publicado por el diario La Gaceta de Tucumán (además de Clarín y revistas de tirada nacional) en los últimos 30 años, puede reconstruir la historia de los Ale, quienes se iniciaron como “pandilleros” del mercado de abasto, donde su padre Said Ale tenía un importante puesto de frutas y verduras.

Reinstaurada la democracia, los Ale se convirtieron en custodios y amigos del intendente radical Rubén Chebaia, quien ya fuera del circuito político y en su condición de abogado tuvo vinculaciones con estos personajes cuya fama trascendió las fronteras tucumanas para proyectarse en todo el país.

Sucedió cuando faltaban horas para que terminase el año 1986. Aquel 31 de diciembre se produjo la masacre de “Los Gardelitos”, una banda de carteristas y mecheras con ramificaciones en distintas provincias, enfrentados a los Ale por cuestiones “de polleras”, rivalidad que desencadenó un odio a muerte entre ambos bandos.

Una tercera organización al margen de la ley que operaba en aquellos tiempos dignos de un policial negro, era el grupo parapolicial “Atila azote de Dios”, creado con la consigna de “acabar con la corrupción y el delito”, aunque sus integrantes terminaron enriqueciéndose a costa de lo que supuestamente iban a combatir.

Los cabecillas de “Los Gardelitos” fueron acribillados cuando en calle Roca al 200, María Ester Nieva les hizo señas (¿los saludaba o los atraía a una trampa?) desde un auto Renault 18. La mujer estaba acompañada de su pequeña hija, de Ángel “el Mono” Ale y de su novia. Los hombres que se desplazaban en un Ford Sierra negro entendieron que María Ester los llamaba. Cuando se acercaron y detuvieron la marcha, “el Mono” bajó empuñando dos revólveres calibre 38 y comenzó a dispararles. En instantes aparecieron en escena “la Chancha” y Jorge Horacio “la Bruja” Vásquez, que apoyaron y participaron de la matanza.

Santos Pastor Aguirre Y Enrique Ramón Galván, líderes de “Los Gardelitos”, murieron acribillados, mientras que Carlos Beduino fue alcanzado por tres balazos y pudo vivir para contarlo. Dos menores que los acompañaban resultaron ilesos y apuntaron a los Ale, en especial al “Mono”, como los asesinos. Tanto los hermanos Ale como “la Bruja” Vásquez desaparecieron sin dejar rastros.

Una vez recuperado, Beduino inició querella criminal contra los Ale. En su presentación, el sobreviviente de la masacre dijo que los hermanos prófugos “encabezan una ‘barra brava’, son los prepotentes, los malos de una película del Oeste”. Describiendo los hechos, señaló que “el Mono”, sin motivos, “en forma fría y solapada, con armas de uso prohibido para la población civil, empieza a disparar contra el vehículo y sus acompañantes, buscando una matanza a la mejor forma de un gángster de la banda de Al Capone”.

Se decía que los Ale y su lugarteniente estaban en otra provincia, que eran protegidos en Bolivia, que seguían en Tucumán; lo cierto es que el domingo 9 de marzo de 1987, Canal 10 y La Gaceta fueron invitados a presenciar “la entrega” de los prófugos el lunes al mediodía, lo que realmente ocurrió.

Antes de ese cruento episodio, “el Mono” Ale estuvo involucrado en un homicidio y recuperó al libertad en 1984, cuando se puso al servicio del intendente Chebaia. Aunque él fue el autor material del crimen, fue “la Chancha” quien se hizo cargo y purgó cuatro años en prisión.

Por los asesinatos de “Los Gardelitos”, tanto “la Chancha” como “la Bruja” zafaron por falta de pruebas, quedando “el Mono” como el autor material del doble homicidio.

La influencia y el poder del clan quedó de manifiesto cuando el 10 de octubre de 1988, después de un año y medio en la cárcel, “el Mono” Ale recuperó la libertad porque la Cámara del Crimen, por mayoría (uno de los integrantes se opuso), consideró que la masacre a sangre fría fue “un exceso en la legítima defensa”. El homicida, de casi dos metros de altura y de impecable traje gris, fue ovacionado por los ocupantes de tres colectivos que lo aguardaban en la puerta del penal.

La carrera de los Ale parecía no tener fin. En las fiestas de Carnaval, caen al protagonizar una sangrienta riña en un baile. Fue en febrero de 1989. Así como entraron por una puerta, salieron por otra. La Justicia recién se expidió en octubre. Los sancionaron con 15 días de arresto.

El 14 de septiembre de ese mismo año fueron apresados por policías federales frente al penal de Villa Urquiza después de intentar huir en un Ford Falcon. En el auto, llevaban dos revólveres calibre 38, una carabina y una ametralladora. El juez federal Ricardo Sanjuán había ordenado su captura por presionar a personas para que no testificaran en contra de su abogado Pascual Tarulli, preso al ser sorprendido en un bar con una importante cantidad de cocaína.

Policía asesinado
El sábado 30 de enero de 1993, en la zona de la plazoleta Mitre, el oficial auxiliar Juan Andrés Salinas, que era acompañado por su amigo Ángel “el Mono” Ale, fue atacado por un grupo comando que utilizó fusiles Fal, ametralladoras y armas cortas con balas dum dum. Mientras el policía Salinas recibió 40 balazos, su acompañante sólo fue alcanzado por dos proyectiles que lo hirieron superficialmente en la cabeza.

Un abogado presentó un recursos de habeas corpus para que no quedara detenido, pero ante una versión que llegó a oídos del juez, se allanó la habitación del hospital y al paciente se le secuestró un arma de fuego. En las inmediaciones, se observó a varios amigos y miembros de la banda de los Ale, todos armados.

Al allanarse la casa del “Mono”, se encontró documentación de varios automotores y una “Credencial de la Amistad” firmada por el comisario mayor José Quirós, jefe de la división Sumarios e Informaciones Administrativas. En esa credencial, se declaraba al mayor de los hermanos Ale “amigo dilecto de la institución” y en el dorso de la misma podía leerse: “Se recomienda al personal policial prestar máxima colaboración dentro de las reglas legales”.

Después de la masacre de “Los Gardelitos”, “el Mono” se alió a un grupo de policías enfrentados con los parapoliciales de “Atila”. Mientras un grupo de uniformados vinculados a esta banda fueron acusados del homicidio del oficial Salinas, “la Chancha”, “el Mono”, el padre de éstos, Said Ale, y otros cuatro policías fueron imputados por tenencia de armas de guerra y asociación ilícita. Como era de esperar, y a pesar del impacto en la opinión pública, todos fueron absueltos “por falta de pruebas”.

El 8 de julio de 1997, el ya fallecido general genocida Antonio Domingo Bussi, gobernador (1995-1999) votado por el pueblo tucumano, anunció en conferencia de prensa que acabaría con “la Chancha” y “el Mono” Ale, a los que calificó de “engendro de mafiosos”. Ni siquiera ese militar de la dictadura pudo doblegarlos. “Nosotros somos machos, no como él (en referencia a Bussi)”, se ufanaron los temibles hermanos.

El 10 de julio de 1999, cinco jóvenes, algunos de la diezmada banda “Los Gardelitos”, fueron acribillados a balazos por un grupo que, según ellos, comandaba “la Chancha” Ale. Los cinco baleados pudieron sobrevivir, pero nadie intervino para aclarar el atentado.

La máxima expresión de impunidad de los Ale, quienes custodiaron desde el aeropuerto al presidente Carlos Menem cada vez que visitó Tucumán, fue durante la gobernación del justicialista Julio Miranda. Habían montado la remisería “Cinco Estrellas” con 400 autos cero kilómetro no autorizados, todos equipados con equipos de comunicaciones y armas. A través de un convenio con el gobierno, esos remiseros se convirtieron en una “fuerza policial” paralela, con licencia para ubicar y hacer detener a cualquier sospechoso a través de los equipos conectados con la frecuencia policial.

De jefes de la barra brava de San Martín de Tucumán, los Ale se hicieron cargo del club. En la presidencia de “la Chancha”, el equipo logró ascender en las tres categorías del fútbol argentino. Su figura enorme y corpulenta se destacaba en la tribuna baja de Instituto cada vez que los tucumanos visitaban al equipo de Alta Córdoba.

La suerte les resultó esquiva a los Ale cuando en octubre del año pasado el fiscal Guillermo Herrera dictó la prisión preventiva de Rubén “la Chancha” y de Felipe Daniel Jordat, ex directivo de Atlético Tucumán, por liderar una banda armada que después de amenazar de muerte a los trabajadores, usurpó un campo y se apoderó de una cosecha de soja que fue vendida en el “mercado negro”. Sin embargo, “la Chancha” duró poco preso porque por razones de salud logró que le concedieran el beneficio de la prisión domiciliaria.
S
u hermano, “el Mono”, también es investigado en relación con ese hecho y su propiedad fue oportunamente allanada. “Soy un empresario del azúcar y del transporte”, aseguró después del procedimiento policial.

Cergio (sic) Morfil, defensor de la ex mujer de “la Chancha” en el juicio por la desaparición de Marita Verón, es también el abogado del “Mono” Ale. Un enviado a Tucumán se contactó con Morfil para conseguir una entrevista con el mayor de los Ale. “Mire, en estos momentos él está descansando en su casa de campo y no hay comunicación. Yo en tres o cuatro horas lo voy a ver y le hablo para que conversen; no creo que haya problemas”. Hasta hoy estamos esperando ese llamado.

Susana Trimarco, sin pelos en la lengua (subnota)
La madre de Marita Verón dijo que los Ale son una mafia organizada y tienen como testaferros a políticos y jueces.

Susana Trimarco, la madre de la desaparecida Marita Verón, es la enemiga declarada del clan de los Ale. En declaraciones a este diario, sostuvo: “Los Ale en Tucumán son una mafia organizada. Ellos siempre aparecen para decir yo no fui, pero son los que manejan todo. Tienen testaferros que son políticos, jueces. Están involucrados, se lo voy a decir con nombre propio, el ex gobernador Jorge Miranda; “el Cabezón” (Antonio) Guerrero, que era ministro de Gobierno y Justicia, y Carlos Cisneros, que manejaba la Caja Popular de Ahorro. Cuando sale Guerrero, entra Fernando Juri Riera, compadre de “la Chancha” Ale. Es una persona manejada por ellos (los Ale), fue vicegobernador en el primer mandato de José Alperovich y en estos momentos es legislador. Los Ale no quieren dejar de tener gente dentro del poder”.

La madre de Marita Verón permaneció en Córdoba entre el miércoles y el viernes últimos, para verificar el funcionamiento del refugio para víctimas de la trata. También se reunió con el gobernador José Manuel de la Sota para ajustar detalles de una filial de la fundación que dirige en Tucumán. De la Sota se interesó en el proyecto desde la primera vez que se reunió con Trimarco y de ese encuentro surgió el compromiso de la ley que se dictó para cerrar todas las whisquerías y prostíbulos de la provincia.

Otro de los motivos de la presencia de Trimarco en esta ciudad fue participar como invitada de la Embajada de Estados Unidos en el acto por un nuevo aniversario de la independencia de ese país.

La mujer fue propuesta como candidata al Nobel de la Paz por la Federación Argentina de Colegios de Abogados (Faca) y en los próximos días viajará a Holanda, invitada por la princesa y futura reina, la argentina Máxima Zorreguieta, quien prometió colaborar con su fundación.

Sobre el juicio que se está ventilando en Tucumán contra los acusados de secuestrar a Marita para prostituirla, Susana Trimarco está confiada en que se hará justicia y aguarda que alguien “se quiebre” para saber dónde está su hija. “En este juicio, todas las pruebas apuntan a que ‘la Chancha’ tiene que ser imputado y debe ir a declarar”.

Sobre Rubén “la Chancha” Ale, precisó: “Además de la droga y la prostitución, es dueño de la Línea 5 de colectivos. Ellos (los Ale) han empezado a blanquear. Aparecen con campos que eran de gente pobre a la que presionaron para comprarles por 15 mil ó 20 mil pesos sus propiedades y otros que han usurpado. Además, mantienen 10 locales de tragamonedas”.

“Los Ale han sido y son delincuentes que tienen mucha gente y en realidad a los delitos no los cometen ellos. A mí, personalmente, me mandaron a matar con remises de su empresa Cinco Estrellas”, contó la mujer.

Hubo varias intentonas para eliminar a Susana Trimarco y la Justicia está interiorizada de lo sucedido; de allí que tenga permanente custodia policial. Asegura que un mismo remisero, en dos oportunidades, intentó arrollarla con un Renault 19 color rojo con llantas deportivas y vidrios polarizados. La víctima de los atentados pudo identificar al conductor y denunciarlo. Tras mencionar su nombre, dijo: “Es oriundo de Río Gallegos, trabajaba con ‘la Chancha’ y tenía pedido de captura por homicidio”, denunció Trimarco.

Paralelo a los intentos de matarla en un fingido accidente de tránsito, desconocidos empezaron a seguir a su nieta Micaela, hija de la desaparecida Marita Verón.

La vecina que diariamente llevaba la niña a la escuela habló con Susana y le dijo que no podía acompañarla más al colegio porque las seguían en vehículos negros con vidrios polarizados. La abuela decidió ir con Micaela en el transporte escolar, de ida y de vuelta a la escuela.

Un día, muy temprano, advirtió que frente a su casa había una camioneta negra con vidrios polarizados y le pidió al policía de custodio que identificara al conductor, pero al darse cuenta, el desconocido arrancó y desapareció. Cuando acompañaba a Micaela, vio que la camioneta negra estacionaba en la casa de “la Chancha” Ale y no titubeó en pedirle a la mujer que conducía el transporte escolar que frenara. Pese a los ruegos de la conductora, Susana bajó y encaró hacia “la Chancha”, que estaba sentado en la vereda.

“El que se bajó de la camioneta era su sobrino Dante Ale, distribuidor de droga que mató a un dirigente de Vialidad a balazos. Estaba indignada y dije: ‘No te tengo miedo gordo, cerdo, delincuente, devolvéme a mi hija’; le empecé a gritar por qué había enviado a dos tipos a seguir a mi nieta Micaela. ‘Decime gordo hijo de remil… que querés hacer con mi nieta, delincuente, sinvergüenza. Te creés que sos Dios para quitarle la vida a las personas”, recordó con vehemencia Trimarco.

“El gordo se quedó mudo mirando. ‘Contestáme si me podés mirar a los ojos, gordo, basura, delincuente, a vos te digo’. Nada, no se movió. Desde entonces nunca más me molestaron”, concluyó Susana.
Fuente: http://cronicasdelacalle.wordpress.com/2012/07/18/el-clan-de-los-ale/

 

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